Defender a la Iglesia

En las últimas semanas se han venido sucediendo polémicas más o menos importantes pero con cierta repercusión mediática en relación con la Iglesia católica y aledaños. Me refiero a la polémica del autobús de Hazte Oír y a la de las misas en la televisión pública. Sobre la primera ya he dado mi opinión y, sobre la segunda, confieso que no entiendo muy bien las críticas. Entiéndaseme bien, no es que me oponga a que La2 retransmita misas, corridas de toros o partidos de pádel. Ocurre que no acabo de comprender la preocupación de algunos católicos sobre el tema cuando la conferencia episcopal tiene un canal de televisión propio (13TV) que ofrece misas a diario.

Sí que es verdad, como ya indiqué en el artículo anterior, que no me siento cómodo con ciertas acciones militantes de católicos frente a estas “ofensas”. Como muchos de ustedes, recibo casi a diario indicaciones para que firme tal manifiesto o para que indique que “me gusta” no sé qué iniciativa a favor de la Iglesia o, como suele ser lo más normal, en contra de alguna propuesta poco acorde con nuestros postulados religiosos. Aunque respeto estas iniciativas, procuro desmarcarme y suelo rechazar toda participación, lo que con no poca frecuencia me ha valido el amable reproche de gente amiga. Lo cierto es que, como voy a exponer seguidamente, tengo mis razones para rechazar este tipo de acciones.

En primer lugar, está la elección de los objetivos. No digo que no sea legítimo protestar u oponerse a determinadas actuaciones, algunas incluso más graves que las mencionadas. Por ejemplo, cuando se trata de oponerse a las leyes pro-aborto o a organizaciones que las sustentan. Es legítimo, ciertamente, pero tengo mis dudas cuando uno se centra en este tipo de “injusticias” y obvia muchas otras que se dan a nuestro alrededor.

Puestos a decorar un autobús, no estaría de más recordar las imágenes de refugiados clamando por entrar en Europa, o las colas de personas en los comedores. O traer a colación los subempleos con que muchas empresas obtienen fabulosos beneficios, o la insolidaridad de todos aquellos que defraudan ocultando parte de sus rentas al fisco, aunque algunos después no tengan ningún problema en acudir piadosamente a misa olvidando aquello de que «si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24).

En segundo lugar, mi rechazo se debe también a los medios utilizados. La agitación social a través de manifestaciones, recogidas de firmas, uso de medios publicitarios más o menos llamativos, es algo muy legítimo en toda democracia, siempre -como es natural- dentro de un marco de convivencia y legalidad. Y por supuesto que es legítimo que un cristiano haga uso de esos mecanismos para reivindicar mejoras sociales, políticas, etc. Pero no tengo tan claro que sea lo adecuado para defender la fe o la Iglesia, y mucho menos como medio para evangelizar.

A mi juicio, el evangelio no se impone ni debe conseguir adeptos a través de este tipo de provocación social. Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que el evangelio no sea provocador.  Lo es, mucho más que un convoy de autobuses, pero de forma muy distinta. Es provocador simplemente siendo fiel a sí mismo.

El evangelio provoca en lo más profundo de la sociedad cuando un creyente, lejos de rechazar un pecador, lo acoge. Cuando manifiesta su perdón al que lo ha dañado y perjudicado. Cuando evidencia su amor hacia aquel que lo odia y desprecia. Cuando se desprende de parte de lo que tiene y se lo da a quien cree que lo necesita, sin esperar agradecimientos ni alabanzas. Cuando responde con una sonrisa sincera al ser humillado y ridiculizado por el único motivo de ser cristiano. ¿Se le ocurre a alguien algo más provocador?

Y en tercer lugar, rechazo estas acciones también por su finalidad. No es la primera vez que escucho a personas que me compelen a actuar, a hacer “algo” en defensa de la Iglesia, que se ve atacada por los arrebatos del laicismo imperante hoy. Si somos Iglesia y, como tal, somos atacados, ¿no debemos salir en su defensa? A mi juicio, tras esta soflama se esconde la más pura y letal soberbia.

Ya no se trata de que sea absurdo pensar que la Iglesia pueda ser destruida por sus enemigos “políticos”. Baste pensar en las “Iglesias” de los países del Telón de Acero en las peores épocas del comunismo para desbaratar tal pretensión. Pero lo que es el colmo, es que alguien pueda pensar que nosotros, simples personas, podamos pretender erigirnos en defensores de algo que nos supera infinitamente. Dicho de otro modo, ¿es que alguien puede llegar a pensar que Dios necesita de nosotros para defender su Iglesia peregrina? ¿Tan importantes nos creemos?

La defensa de la Iglesia no se da en las barricadas sino en los comedores sociales, en los centros de internamiento de inmigrantes, en los hospitales, en las cárceles, en las familias que deben dejarse la piel por salarios miserables, al lado de los ancianos que ven pasar sus horas en la más triste soledad. Por supuesto, también en los conventos y en las escuelas; en los centros de trabajo y en las familias; en la oración comunitaria y en la penumbra de la habitación, echada la llave (Mt 6,6). Sin gritos, sin estridencias.

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