La unción de Betania en el Evangelio de San Juan

Ante la intención de elaborar un breve estudio sobre un fragmento del Evangelio de San Juan, es difícil no sentir cierto vértigo derivado de la intensidad literaria y teológica que se encuentra tras cualquier parte del cuarto evangelio. Algunos de ellos son celebérrimos, como es el caso del prólogo o los relatos de la adúltera o la resurrección de Lázaro. El que hemos elegido aquí tal vez sea menos conocido, tal vez por ser un relato que no resulta demasiado extenso, si bien mantiene una sólida unidad literaria. No por ello, sin embargo, es un fragmento menor. Todo lo contrario, relata un episodio particularmente interesante de la narración joánica, a caballo entre lo que es el período de vida pública de Jesús, relatado en lo que se ha venido a denominar el libro de los signos,[1] y los últimos días de Cristo, en los que se despide de sus discípulos más cercanos afrontando el difícil momento de su prendimiento y posterior ejecución.

Se trata, por lo demás, de un relato que tiene sus versiones paralelas en los sinópticos, como veremos, y que no deja de estar cargado de ese simbolismo tan característico del evangelio de Juan, sin olvidar también el papel destacado que tienen, en este evangelio, algunas figuras femeninas, como la madre de Jesús (Jn 2, 1) o la samaritana del pozo de Sicar (Jn 4, 7). También en nuestro caso será una figura femenina, María, la hermana de Lázaro, la que coprotagonizará este pasaje.

Veamos, a continuación, el relato completo de la unción, [2] en el capítulo 12:

1 Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. 2 Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. 3 Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. 4 Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: 5«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» 6 Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. 7 Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. 8 Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis.» [3]

Como decíamos, el fragmento de la unción de Betania se encuentra al inicio del capítulo 12. En el esquema con que estructura Moloney[4] el evangelio, se halla ubicado al final del Libro de los signos, en la sección que denomina «Jesús se dirige hacia “la hora”». En una ubicación muy similar lo sitúan Brown[5] y Barret[6], si bien este último se resiste a denominar el conjunto como “libro de los signos”. En todo caso, estos autores coinciden en iniciar esta fase final de la vida pública de Jesús en Jn 11 con la resurrección de Lázaro. [7]

Una discusión diferente es el origen de la perícopa, cuyo paralelo lo encontramos en Marcos 14, 3-9, del que deriva a su vez Mateo 26, 6-13. Por razones de espacio, no entraremos aquí a realizar un análisis comparativo de estos textos. Destaquemos en todo caso que el parecido con Mc 14, 3-9 es manifiesto, si bien hay diferencias notables, como el hecho de que en la tradición marciana el perfume se derrama en la cabeza de Jesús o que en el reproche que se hace a la mujer no se identifica a Judas como su autor sino a un grupo de discípulos. Estas diferencias han sido explicadas por el conocimiento y utilización, por parte de Juan, del relato de un relato similar en Lucas 7, 36-38, en el que una pecadora llora sobre los pies de Jesús y seca sus lágrimas con la cabellera.[8]

Sin embargo, lo que más llama la atención es que Marcos, que sitúa la escena también en la etapa final de la vida de Cristo, aunque tras haber entrado en Jerusalén, no habla para nada de Lázaro ni de María. Identifica tan solo al dueño de la casa, Simón el Leproso, lo que parecería acercar el relato marciano al lucano, pues Marcos se refiere a la casa de Simón el fariseo. Con todo, la marcada diferencia entre ambos relatos evidencia claramente dos tradiciones distintas. Por su parte, Brown entiende que la mención a Lázaro y a Marta es secundaria y que el narrador los menciona como forma de integrar este relato en su ubicación actual, en coherencia con la tradición sinóptica.[9] A una conclusión similar llega Manuel de Tuya, al afirmar que el narrador, al introducir estos personajes ajenos a la tradición sinóptica, viene a producir “un espejismo literario, como si la cena fuese en casa de Lázaro”, si bien ni siquiera el propio narrador se atreve a aseverarlo con rotundidad.[10]

Aun aceptando el carácter forzado de la presencia de Lázaro, estamos de acuerdo con Moloney[11] que la mención a este y a Marta no es superflua, sino que obedece a la intención del narrador de vincular la resurrección de Lázaro con este episodio. Se trata, pues, de una mención importante y querida por el narrador, aun a riesgo de apartarse de la tradición sinóptica que sin duda conocía.

Volviendo pues al texto, comprobamos que nos encontramos en el momento en que ha transcurrido el ciclo de las fiestas judías, que nos relata Juan desde el capítulo 5 y que concluye con el último gran signo de Jesús: la resurrección de su amigo Lázaro. Un acontecimiento que, por su espectacularidad, logró que muchos creyeran en Él. Sin embargo, a decir del evangelista, también fue el detonante final que provocaría su sentencia de muerte (Jn 11, 53). El patente enfado de fariseos y sumos sacerdotes fue tan evidente que compelió a Jesús a retirarse a Efraín, un pueblecito cercano al desierto (Jn 11, 54). Por tanto, la amenaza que se cernía sobre Jesucristo era real y conocida, tanto en su alcance como en su inminencia. Y es en este contexto, de inevitable tensión y angustia en la comunidad de discípulos y seguidores de Jesús, en el que se produce la cena que nos ocupa aquí.

Cronológicamente, el propio narrador nos ubica al indicar que nos encontramos a seis días antes de la Pascua. Este dato lleva a pensar que Jesús abandona su exilio efraimita para encaminarse a Jerusalén, como cualquier otro judío. Naturalmente, el lector, que conoce los acontecimientos que están por venir, sabe que estamos en la última semana de vida terrena de Jesús, de camino a Jerusalén y con la angustia del que presiente una precipitación inminente de los acontecimientos. Ello no obsta para que pueda hacer una parada en Betania y encontrar a sus amigos: Lázaro y sus hermanas. Es fácil, por tanto, que el encuentro nos llame la atención, pues consciente de la situación de riesgo, Jesús no quiere dejar pasar la oportunidad de gozar de la compañía de sus amigos. Pese a que, como nos dirá después Juan, ello provocará que acuda más gente y, al final, encoleriza a las autoridades, hasta el punto de que también Lázaro pasa a estar condenado a morir (Jn 12,10). No obstante, de la lectura del relato debemos concluir que todos parecen asumir el riesgo. Al fin y al cabo, como más tarde les dirá el propio Jesús a sus discípulos, “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

 

Notas sobre los versículos más destacados

 

Versículo 1. Seis días antes de la Pascua. El narrador ubica cronológicamente el relato, sin que haya que adivinar algún tipo de significación simbólica a esa cifra, como apunta Moloney.[12] Ello permite a Brown situar la cena entre la tarde del sábado y el domingo.[13] En el mismo sentido se manifiesta Westcott.[14]

Betania, donde estaba Lázaro. Esta explicación, algo redundante dada la cercanía del episodio de Lázaro, ha dado lugar a diversas hipótesis que plantean el carácter de glosa de esta referencia, o la posibilidad de ver confirmada la teoría de que la actual ubicación de la resurrección de Lázaro en el evangelio de Juan es un añadido posterior.[15] Barret, por su parte, niega que este desliz estilístico pueda fundamentar seriamente este tipo de hipótesis.[16]

Versículo 2. Le dieron allí una cena. La ausencia de sujeto ha planteado dudas acerca de quién era el anfitrión de la cena, si Lázaro u otra persona. Brown ve la conducta de Lázaro como más propia de un invitado que de un anfitrión, apuntando la hipótesis de Sanders de que el anfitrión fuera Simón el Leproso, que no menciona Juan pero que sí es mencionado en el relato paralelo de Mc 14, 3, que sería el padre de Lázaro y sus hermanas.[17] Rechaza esta posibilidad Barret, que ve más plausible el papel de Lázaro como anfitrión, lo que explica que Marta esté sirviendo a los comensales.[18]

Versículo 3. Entonces María (…) ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. No hay un consenso claro respecto al significado de esta unción y su relación o dependencia con los relatos paralelos de los sinópticos. Recordemos, en este sentido, que así como Mc 14, 3 habla de derramar perfume en la cabeza, es en Lucas donde encontramos el relato de la pecadora que lloraba sobre los pies de Jesús y, con sus cabellos, se los secaba (Lc 7, 38). Juan parece mezclar aquí ambas tradiciones con un resultado que, a juicio de Barret, resulta confuso.[19] Apunta este autor que es muy posible que Juan evite mencionar la unción en la cabeza con el fin de evitar sugerir una unción real con connotaciones excesivamente mesiánicas, lo que no sería coherente con la visión de Jesús que ofrece su evangelio.

En parecido sentido se manifiesta Brown, que pone de manifiesto el carácter chocante de la unción en los pies, por no hablar del acto de secar el perfume con los cabellos, gesto que tiene sentido en el relato lucano, en el que se secan las lágrimas vertidas, pero que resulta extravagante en la narración joánica.[20] Aun así, entiende este autor que el sentido final de la unción no tiene tanto que ver con un reconocimiento mesiánico como con un adelanto de lo que será el embalsamamiento posterior de Jesús, apartándose con ello de las tesis de Barret, que básicamente ve en la escena un reconocimiento mesiánico por parte de María.[21]

una libra de perfume de nardo puro, muy caro. Mucho se ha hablado acerca de la naturaleza de este perfume, mencionado también en Mc 14, 3, sin que haya sido posible hallar su correspondencia con un perfume moderno.[22] Cierta polémica se añade al tema respecto al sentido del término pistikos referido al nardo y que se traduce, por ejemplo, en la Biblia de Jerusalén, como puro, pero que admite otros sentidos como “auténtico” o como “derivado del pistacho”.[23]

Y la casa se llenó del olor del perfume. Existe una antigua tradición, que se remonta a fuentes rabínicas y que recogen Clemente de Alejandría y Orígenes, que interpreta esta expresión como un símbolo de la extensión del mensaje evangélico al mundo gentil. Fundamentan esta tesis en el hecho de hacer equivaler esta difusión de la fragancia a la expresión que encontramos en el relato paralelo de Marcos, cuando Jesús afirma «os aseguro que dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, para que su recuerdo perdure» (Mc 14, 9). Esta mención es omitida en Juan, pero su sentido, a juicio de esta tradición, estaría representado de forma latente por la imagen de la fragancia del perfume que llena toda la casa.[24]

Otros autores apuntan interpretaciones alternativas. Así, Moloney ve en el texto joánico una intención del narrador en acentuar la diferencia en la forma de acercarse a Jesús por parte de Marta y María. Esta última no solo realiza el acto de derramar el perfume en los pies de Cristo, en contraste con su hermana, que sirve a los comensales. A juicio de este autor, al mencionar el hecho de llenar la casa con la fragancia de los nardos, el narrador evidencia la contraposición con la frase de Marta en el anterior episodio de la resurrección de Lázaro, en la que advertía a Jesús del mal olor que saldría de la tumba de su hermano (11,39).[25]

Versículo 4. Judas Iscariote. La intervención de Judas como autor del reproche parece seguir la tradición lucana, pues en Marcos el reproche se origina en un grupo de discípulos. Moloney advierte el contraste entre la figura de María y la de Judas, que se prolongará hasta la pasión, pues mientras ella anticipa el embalsamamiento del cadáver, Judas es identificado ya claramente como el traidor.[26]

En otro orden de cosas, apunta Brown la posibilidad de que Judas fuera hijo de Simón, el anfitrión de la cena, pues en 6,71 se le identifica como hijo de Simón Iscariote. De ser así, no sería desdeñable la tesis de Sanders, citada por Brown, de que Judas fuera hermano de Lázaro, Marta y María.[27]

Versículo 5. trescientos denarios. Es el precio que se estima que costó comprar el perfume. En Mc 14,5 se habla de la misma cantidad, pero como precio mínimo al que se podría vender para dar el dinero a los pobres. En todo caso, se trata de una cantidad considerable, pues un denario era el salario de un día de trabajo.[28]

Versículo 7. que lo guarde para el día de mi sepultura. Esta frase de Jesús resulta algo enigmática, pues da la impresión de que María no había utilizado buena parte del perfume, lo que concuerda mal con el duro reproche de Judas. Es verdad que, al contrario que en el relato de Marcos, aquí no se habla de que se quebrase el frasco y se derramara todo el contenido. Por otro lado, en Marcos se mantiene la coherencia narrativa, pues Jesús afirma que esa unción anticipa su embalsamamiento, que finalmente no se producirá en el evangelio marciano, pues al llegar las mujeres al sepulcro, Jesús ya ha resucitado. Juan, en cambio, sí que relata como el cuerpo de Jesús es debidamente ungido por José de Arimatea y Nicodemo (Jn 19, 38-40). Brown sostiene que el sentido de la frase es que María usa ese perfume como anticipo del embalsamamiento de Jesús, lo que se explica porque, tras su muerte, ella no participa para nada en su sepultura.[29]

 

Teología de Jn 12, 1-8

 

El breve episodio de la unción de Betania es situado, en Juan, en un momento crítico de la vida pública de Jesús. Este ha abandonado momentáneamente su predicación entre los judíos pues sabe que, tras la resurrección de Lázaro, las autoridades han decidido ya su muerte. Se refugia en Enfraín, una ciudad cuya localización nos es desconocida[30] pero que el narrador nos ubica cerca del desierto. Se trata de una retirada, un apartarse del ajetreo y del riesgo, pues su hora no ha llegado aún.

Se acerca la Pascua y por ello, junto a sus discípulos, se dirige a Jerusalén. No hay prisa. Tiene tiempo para parar en Betania y cenar con sus amigos. Jesús presiente su destino, pero se abandona en la voluntad del Padre. A partir de ahí, él es el dueño de la situación y, por ello, asume el riesgo que puede suponer esa visita, que sabe que puede ser la última: al día siguiente entrará en Jerusalén para dejar claro que «Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (12,23).

Podemos suponer, sin embargo, que sus discípulos estarían confusos y tensos. Su maestro ha sido, de facto, condenado a muerte y el riesgo de ser apresado es muy real. Su popularidad es imparable, tal como pone de manifiesto el hecho de que esta cena, aparentemente privada e íntima, acaba congregando a numerosos judíos que acuden curiosos a conocer al que ha resucitado un muerto (12,9). Al final, incluso el propio Lázaro acaba amenazado de muerte por parte de los sumos sacerdotes ante el revuelo creado con su resurrección (12,10-11).

Presuponemos, por tanto, que fue una cena con cierta tensión en la que, posiblemente, Jesús buscara tranquilizar a sus amigos e intentar que confiaran en la providencia del Padre. Lo explicará días después a sus discípulos, ya en Jerusalén, en los largos discursos de despedida. En la cena de Betania no hay, en cambio, discurso alguno. Solo gestos y miradas propiciados por la presencia del amado maestro. El mismo que devolvió la vida a su amigo y que se dispone a entregar la suya por todos ellos. Después de lo vivido en las últimas semanas, no hacen falta palabras para reunir a aquella pequeña comunidad unida por la figura de Jesús.

La autenticidad de esa comunidad justifica que el narrador nos dé los nombres de algunos de los presentes. Es verdad, como apunta Brown,[31] que ni Lázaro ni Marta tienen el menor protagonismo en el relato. Su papel es puramente pasivo. Solo María tiene un papel activo. La misma mujer que, tras haber enterrado a su hermano y apenas supo que el Maestro se acercaba, lo dejó todo y salió corriendo a su encuentro (Jn 11, 29). En aquel momento, María se echa a sus pies llorando y reprochándole su tardanza. El narrador nos indica que Jesús se turba, se conmueve en su interior (11, 32-33). Un momento de tanta intensidad deja en el ánimo de cualquiera un dibujo indeleble y preciso, un recuerdo que con seguridad rememora Jesús cuando ve que María vuelve a echarse a sus pies. Pero la escena ahora es muy diferente.

Para empezar, María no llora. Es verdad que nada se nos dice de su estado de ánimo, si era alegre o triste. La tensión del momento y la referencia final del propio Jesús a su sepultura nos empujan a descartar un escenario de euforia festiva. Por otra parte, no nos encontramos con un gesto espontáneo. El elevado precio del perfume que, por lo que se nos indica, era cercano al salario anual de una persona, nos lleva a pensar que era algo meditado y pensado de antemano y, por tanto, con un importante valor simbólico. Tal vez sabía de antemano de la cena y fue a comprarlo, o tal vez acierta Jesús al indicar que lo guardaba para su sepultura.

Es verdad que mucho se ha discutido acerca del significado del gesto y, sobre todo, del hecho de que se vierta el perfume en los pies del Señor y no en la cabeza, como sería más lógico, correspondiéndose además con el relato de Marcos. Hay, entre los principales estudiosos, dos variantes acerca del significado del gesto de María. Por una parte, autores como Barret[32] defienden un significado mesiánico: María unge a Cristo al reconocerlo como rey, como el Mesías. Hay en ello cierta coherencia narrativa pues tras la cena, al día siguiente, se produce la entrada en Jerusalén, donde Jesús es recibido también con honores regios por parte del pueblo llano que le estaba esperando. Tal es, como apunta Moloney,[33] el significado de las palmas que cita el cuarto evangelio, en contraste con la mención que hace Mateo a simples ramas de árboles (Mt 21,8) al relatar la entrada en la ciudad. Sin embargo, el mayor hándicap de esta hipótesis está en el ungimiento de los pies en lugar de la cabeza, que sería lo propio de un rey. Barret alega que hay, en este gesto, un intento de evitar un exceso de viveza en el reconocimiento mesiánico de Cristo, preocupación constante del texto joánico.[34] Tal hipótesis no es en absoluto descartable, si bien sorprende luego la interpretación que le da Jesús al referirse a su sepultura, como si no hubiera comprendido el significado que le daba María a su acción.

Más acorde con la literalidad del pasaje en cuestión parece ser la segunda alternativa, defendida por Brown entre otros, de ver en la unción de los pies de Jesús un acto premonitorio, incluso preparatorio, de su sepultura. Y es coherente con el propio relato evangélico pues el embalsamamiento de Jesús es llevado a cabo por José de Arimatea y Nicodemo (Jn 19, 38-40) y no por María, que de alguna manera ha avanzado ya esa acción. Aun así, la escena resulta confusa. Salvo por el hecho de adivinar la pronta muerte del maestro, no está muy clara la intención de María en el acto. Desde luego, no se trata de presentarla como vidente o pitonisa de lo que va a ocurrir. La frase de Jesús aumenta la confusión pues, como hemos apuntado, no deja nada claro si quedaba perfume para el embalsamamiento real de su cuerpo, lo que haría de la acción de María un anticipo de lo que iba a ser la acción definitiva tras la muerte de Jesús; o si María había derramado todo el perfume, como parece indicar la iracunda reacción de Judas, pero entonces resulta menos inteligible la indicación del maestro.

Existe una tercera vía interpretativa, apuntada por Castro Sánchez,[35] que relaciona la acción de María con el Cantar de los Cantares. Se remite este autor a diversos pasajes del libro veterotestamentario, como 1,12: “Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia”; o 7,6: “Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo, y tu melena, como la púrpura; ¡un rey en esas trenzas está preso!” para indicar que el papel de María en la escena nos recuerda al de la esposa del Cantar, convirtiéndose así el pasaje en una representación viva de la nueva comunidad, de la Iglesia esposa de Cristo, en la que aparecen tanto la actitud amorosa y de adoración de María como también la de servicio de Marta.

Es difícil optar por una u otra de las alternativas propuestas. Sí que es verdad, en todo caso, que la tercera es posiblemente la menos estudiada por los principales exégetas, como indica sorprendido el propio Castro Sánchez.[36] Citemos simplemente dos aspectos del relato que podrían abonar esta tesis que acentúa el carácter amoroso y de entrega de María, frente al carácter más simbólico de las tesis de Barret o Brown. El primer aspecto, ya apuntado, es el del elevado precio del perfume, que supone gastar lo que una persona gana en un año de trabajo. En consecuencia, derramar el perfume en los pies de Maestro supone un acto de desprendimiento de lo material, de lo que se posee para la propia subsistencia, en favor del amado.[37] Un segundo aspecto es el hecho de secar los pies de Jesús con el cabello, lo que denota una entrega total de María sin preocuparse por la reacción de los demás, pues era inconcebible para una mujer de su tiempo llevar la cabellera descubierta.[38] Solo la radicalidad del amor explica sin fisuras un gesto tan hermoso como temerario. En un sentido parecido lo interpreta Guardini, que ve en la acción de María un gesto lleno de amor y de divina belleza, pero sin descartar por ello un destello de clarividencia que le dé a entender que el momento final de su amado maestro se halla cerca.[39]

Sea cual sea la intención de María o el sentido que se quiera otorgar a su acción, esta se ve interrumpida por el reproche de Judas: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» Surge, por tanto, una discrepancia en la comunidad de Jesús, pero es un conflicto entre María y Judas tan solo aparente. Como apunta Castro Sánchez,[40] el reproche en realidad lo realiza Judas a Jesús mismo, pues es este el que debiera haber impedido tamaño despilfarro. Pero Jesús reacciona defendiendo la acción de María. “Déjala”, le conmina el Maestro al discípulo que lo iba a traicionar. Y les explica el gesto de María: el perfume anticipa la sepultura de Jesús, su final, que es la culminación de la misión que le ha encomendado el Padre.

La frase de Jesús contiene, sin embargo, dos mensajes: el primero, dirigido sobre todo a Judas, justifica la acción de María: “que lo guarde para el día de mi sepultura”. No entraremos ahora en su significado inmediato, difícil porque no aclara el texto si María sigue guardando parte del perfume o si este se ha agotado en la unción de la cena. En cualquier caso, se trata de un reconocimiento de María, que intuye la cercanía del final, a diferencia de los demás discípulos, cuyo entendimiento es aun limitado. El segundo mensaje, en cambio, se dirige no solo a Judas sino a los presentes, explicando el sentido profundo de la acción: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis”. Naturalmente, la respuesta de Jesús no puede verse como una manifestación de indiferencia hacia los pobres, sino una indicación de la centralidad de su persona: los pobres son importantes, sin duda, pero la acción del cristiano a favor de ellos pasa siempre por Jesús.

Esta centralidad de Cristo nos lleva a considerar la importancia y peso de la dimensión espiritual o interna del hombre frente a la exterior. Jesús quiere enseñar a sus seguidores que, sin ningunear la exteriorización de actos materiales a favor de otros, al final la dimensión interna acaba siendo la importante. Comentando precisamente este pasaje joánico, afirma Guardini que por muchas acciones que realicemos, “llegará un día en que el ruido enmudecerá. A todo lo visible, palpable y audible le llegará la hora del juicio y se producirá la gran transformación. Al mundo exterior le gusta considerarse como el auténtico; lo de dentro no sería más que un apartado algo endeble donde el hombre se refugia cuando ya no puede con lo principal. Llegará un día en que las cosas se pondrán en su sitio”. [41]

Jesús se sabe a punto de sufrir esta transformación y, con ello, marcará el camino a seguir de sus discípulos (Jn 14,6). Solo con su muerte y resurrección logrará que se acepte su testimonio, que es el del Padre, pues al Padre solo se le conoce a través de él (Jn 14, 9). En ese momento sus discípulos sí entenderán todo lo ocurrido y podrán dar testimonio de Jesús. Entonces conocerán aquello que María ya intuyó, en un gesto desbordante de amor, aquella noche en Betania.

 

Bibliografía

 

Barret, C. K.: El Evangelio según San Juan, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2003.

Brown, R. E.: El evangelio según Juan, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1999.

Castro Sánchez, S.: Evangelio de Juan. Comprensión exegético-existencial, UPC-Desclée de Brouwer, Bilbao, 2005.

Guardini, R.: El Señor, Ediciones Cristiandad, Madrid, 2005.

Moloney, F. J.: El evangelio de Juan, Verbo Divino, Estella, 2005.

de Tuya, M: Bíblia comentada, tomo Vb, Evangelios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1977.

Westcott, B. F.: The Gospel According to St. John, James Clarke & Co., Londres, 1958.

 

Notas

[1] Moloney: El evangelio de Juan, págs. 46 y s.

[2] Si bien parece claro situar en Jn 12, 1 el inicio del relato, no todos los comentaristas coinciden en situar su final en Jn 12, 8, como es el caso de Barret en El Evangelio según San Juan, que lo sitúa en 12, 11. Por su parte, Brown en El Evangelio según Juan y Moloney, en ob. cit., coinciden en finalizarlo en 12, 8.

[3] Las citas bíblicas transcritas en este trabajo han sido tomadas de la traducción española de la Biblia de Jerusalén.

[4] Moloney, ob. cit., pág. 47.

[5] Cfr. con Brown: El Evangelio…

[6] Barret: ob. cit, pág. 32.

[7] Hasta cierto punto discrepa Barret de este esquema, pues este autor viene a separar el discurso sobre la resurrección y la vida, ligado al relato de Lázaro, de la unción de Betania, que entiende como acto premonitorio de lo que será la muerte del propio Jesús (ob. cit., pág. 38)

[8] Cfr. con Brown, ob. cit., págs. 777 y ss.

[9] Brown, ob. cit., pág. 781

[10] De Tuya, M.: Bíblia comentada, tomo Vb, Evangelios, pág. 506.

[11] Moloney, ob. cit., pág. 370.

[12] Ob. cit., pág. 369.

[13] Ob. cit., pág. 774.

[14] Westcott: The Gospel According to St. John, pág. 176.

[15] Como es el caso de Brown, en ob. cit., pág. 774.

[16] Ob. cit., pág. 623.

[17] Ob. cit., pág. 775.

[18] Ob. cit., pág. 624.

[19] Ob. cit., pág. 626.

[20] Ob. cit., pág. 780. Véase también Moloney, ob. cit., pág. 362.

[21] Ibídem, pág. 783.

[22] Cfr. Moloney, ob. cit., pág. 370.

[23] Para estas y otras variantes, cfr. Barret, ob. cit., pág. 625 y Brown, ob. cit., pág. 775.

[24] Cfr. Barret, ob. cit., pág. 626.

[25] Cfr. Brown, ob. cit., págs. 782 y s.

[26] Moloney, ob. cit., pág. 362.

[27] Ob. cit., pág. 776. Sobre la cuestión de la identidad de Judas en el cuarto evangelio, véase también Barret, ob. cit., págs.465 y s.

[28] Moloney, ob. cit., pág. 370.

[29] Ob. cit., pág. 776. Véase también en Barret (ob. cit., págs. 628 y s.), donde este autor analiza otras posibilidades de resolver este oscuro inciso, sin que opte de forma decidida por ninguna de ellas. Tampoco Westcott (ob. cit., pág. 178) parece adoptar una postura definitiva, por lo que la cuestión sigue abierta.

[30] Cfr. Brown, ob. cit., pág. 766.

[31] Ob. cit., pág. 781.

[32] Ob. cit., pág. 621.

[33] Ob. cit., pág. 371.

[34] Ob. cit., pág. 626.

[35] Castro Sánchez, ob. cit., págs. 274 y ss.

[36] Ibídem, nota a pie núm. 11, pág. 275.

[37] Ibídem, pág. 276.

[38] Ibídem. Cfr. con de Tuya, pág. 507.

[39] Guardini, R.: El Señor, pág. 245.

[40] Castro Sánchez, ob. cit., pág. 275.

[41] Ob. cit., pág. 246.

 

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