Cualquier padre de familia sabe de la importancia de la educación de sus hijos, de la misma forma que es conocedor del insoportable engorro de tener que tratar con niños maleducados. Sin embargo, no es necesario asistir a docenas de fiestas de cumpleaños para darse cuenta que, en la mayoría de los casos, al niño maleducado le corresponden unos padres maleducados. Porque, observando la criatura en cuestión, en seguida pensamos que, en el fondo, los hijos no son sino el reflejo de sus padres.

Los creyentes, como hijos del Padre en Jesucristo, somos ante los demás reflejo de Dios. Estamos llamados a ser luz del mundo para alumbrar a los demás, para que los que nos rodean vean nuestras obras, pero no para regocijo nuestro, sino porque a través de la visión de nuestra conducta y de nuestra acción, den gloria a Dios (Mt 5, 16). 550px-Kay_Kelly_of_Liverpool_&_Mother_Teresa_in_1980Porque, no lo olvidemos, quien se refleja en nosotros es Dios. O debería ser así.

Sin duda, somos conscientes que solo con la ayuda de Dios podemos ofrecer ese testimonio, pero no ignoramos que pese al ofrecimiento del Espíritu, podemos libremente comportarnos como niños repelentes y hacer caso omiso de nuestro Padre. En este caso, a los ojos de los demás, el testimonio que ofrecemos no hace sino poner a Dios en evidencia, a situarlo en una posición que carecerá de todo atractivo e interés. Pero nosotros no somos niños. No podemos culpar a Dios de nuestra pasividad. Nuestro mal comportamiento no es fruto de la impericia divina, sino de la voluntad torcida de cada uno de nosotros.

El compromiso de todo bautizado es anunciar el Evangelio, ser luz que alumbra la salvación que Dios dispone para nosotros a través de Jesucristo. No hacerlo no es mera tibieza (Ap 3,16). Es anticipar el abismo a aquellos que conviven con nosotros, privarlos de la luz que se nos ha dado sin merecerla. Dar este testimonio nunca es una tarea accesoria ni un cometido que podamos administrar a nuestra conveniencia. Debe ser, al contrario, nuestro modo de ser, de hacer, de existir. Debe impregnarlo todo para que cualquiera que nos vea, aunque perciba indubitadamente nuestros defectos y limitaciones, intuya tras nosotros la mano amorosa de un Padre que quiere serlo también de él. Solo entonces lograremos ser hijos de la luz (Ef 5,8). Porque la luz proviene de Dios, pero somos nosotros quienes podemos dejar que se refleje en nuestra persona o hacer que se pierda en el vacío.